domingo, 26 de junio de 2022

DE CUANDO TE DAS CUENTA QUE ERES PARTE DE LA EXHIBICIÓN DE UN MUSEO DE ANTIGUALLAS.

Cada vez que visito una ciudad, trato de explorar sus raíces, sus sitios emblemáticos y sus museos. Y por supuesto, empaparme de su gastronomía. Hace algunos años, por cuestiones de amistad y negocio, estuve yendo a Durango por varias semanas. Y regreso de cuando en cuando. En una ocasión tuve varias horas libres y tomé ese espacio como tarde de museos. Gracias a una guía que me encontré por ahí, dibujé mentalmente una pequeña ruta para las horas que tenía. A la mitad de mi andar, ahí como flotando en el anonimato del centro de la ciudad -lleno de políticos y de edificios gubernamentales- se apareció sin previo aviso un museo que ni siquiera estaba enlistado en la guía. Ni de su nombre me acuerdo. Me metí y lo que me encontré de entrada fue el lado numismático de la Revolución, cosa que me jaló al interior de la casona. Había algunas secciones -pocas- con diferentes objetos de poca trascendencia. Quizá me hubiera salido sin terminar el recorrido si hubiera ido sola, pero más que nada no me quise salir porque cada vez que salías de una salita, el guía de la siguiente sala de exhibición te veía con ojos de “ándale, ven… déjame presumirte mi colección” porque no había un solo visitante. De repente entramos al pasado de mi vida. A mi infancia. En una exhibición cuya temática era el equipamiento de una oficina de por allá por las décadas de 50s-60s. He de contar que mi padre era un alma libre y bohemia. Su oficina la tenía instalada en el tercer piso que él construyó encima de mi casa. Supongo que sin permiso ni licencia, porque así no era el México de entonces. Tú hacías en tu casa lo que se te daba la gana y ya. Y entonces si necesitabas hablar con él aunque fuera un ratito, o ir a platicar con la señora Bernal, una señora que me parecía una viejitita a mis 10 años que se llamaba Gabriela, que sembró en mi vida el Peñafiel de mandarina, me dio a probar las galletas saladas (las saladitas, pues) con jamón, me inculcó la necesidad de al menos hablar muy muy bien el español y un idioma más, me enseñó a jugar submarino y me contaba historias maravillosas, incluyendo la divertida convivencia con su perrita salchicha que se llamaba Laleidi (La Lady pero escrito) a quien conocí en un par de ocasiones que me invitó a comer a su casa. Cuento todo esto, porque esas reliquias que estaban en vitrinas fueron mis juguetes y mi introducción a la vida de los adultos… de oficina. Mientras convivía con la señora Gabriela, ella hacía su trabajo archivando y tecleando, contestando el teléfono y pasando los recados, y me decía paso a paso eso y también cómo funcionaba cada aparato. No eran último modelo. Papá renovaba algo cuando de repente ya no tenía remedio, porque además reparaba todo una y otra y otra vez hasta convertirse en cachivache. Pues ahí en el museo me volví a encontrar con el mimeógrafo, el dictáfono, la sumadora manual de palanquitas, la otra de teclitas, el teléfono con intercomunicador… Mientras el guía hacía su mejor esfuerzo explicándonos y demostrándonos sus aparatos, yo viajaba por el tiempo reencontrándome con doña Gaby y su compañía, y con mi padre y su bohemia. Ya casi al final del recorrido de esta colección, había un mimeógrafo de los que imprimían con esténcil (como si fuera serigrafía… masomenos) y mi amiga le preguntó que cómo funcionaba. El curador. Muy joven él, no tenía mucha idea de su funcionamiento, pero yo me lo sabía perfecto por todas las veces que Gaby y yo nos entintamos las manos y la cara y la ropa (mamá “ay hijita, ya le fuiste a quitar el tiempo a la señora Bernal, ve cómo vienes”). Tomé aire y les empecé a explicar todo el proceso de principio a fin. Y de repente, como relámpago que te fulmina el cerebro, me golpeó en la cabeza la sensación de haberme convertido ya en un cachivache que ya debería de estar exhibida en una vitrina, como parte de esa colección del museo… y de mi infancia.

jueves, 11 de julio de 2019

LAS PALOMITAS

(Si esto fuera una oda, así se llamaría, "Oda a Las Palomitas") Me gustan las palomitas por su crunch. Porque saben a tenue maicito. Porque tienen ambos, suavecito y crujiente. Porque su sabor blanco combina con todo. Porque me acompañan en momentos especiales. Porque están a la mano. Porque son divertidas. Porque son tronadoras. Porque se saben toda mi vida. Y porque saben a toda mi vida.

jueves, 4 de abril de 2019

COMO EL PRIMER DÍA

Hoy experimenté algo por primera vez en mi vida. Fue un tremendo y alucinante choque de sentimientos y emociones antónimas y casi irreconciliables. Por circunstancias un poco inimaginables, hoy en la mañana estaba en vivo a menos de 15 metros de una de las figuras de la mercadotecnia que más admiro, respeto y escucho desde hace algunos años (lo descubrí por accidente en la tele al darme cuenta que cada idea que expresaba me dejaba atolondrada, y me entusiasmaba sabiendo que estaba aprendiendo algo muy nuevo). Y además, cabía la posibilidad de que en unos minutos más tuviera la oportunidad de entrevistarlo. Mi emoción era incontenible. Me sentía como niña que va a conocer al Santa Clós de a deveras. Y justo en esos momentos me enteré de que Alberto Cortés había muerto. Y de un fuerte y triste golpe me remonté a la intensa y nublada tarde de ensueño que me enseñó a fumar habano mientras platicaba con palabras que parecían dulces y flores y estrellas y besos, y bebíamos varias onzas de Cardenal de Mendoza, por allá por los 80s, al lado del que fue el amor de mi vida de esa etapa de mi vida. Justo al leer la noticia, mi corazón empezó a llorar entonando “Te sigo queriendo como el primer día...” porque a él lo quise desde el minuto uno. Después de varias horas que han pasado, tengo un cansancio doloroso y placentero, con el pensamiento revuelto, y el alma feliz y destrozada. Lloro de plenitud y de añoranza. Nunca me había pasado.

domingo, 18 de marzo de 2012

EL LASTRE

A lo largo de la vida, recogemos y producimos lastre, sin percatarnos de ello, desarrollamos apego a él y hasta pensamos que nos es imprescindible. El gran reto es identificarlo y soltarlo. Podemos hasta llorar pensando que seremos incapaces de sobrellevar la pérdida. Sorpresivamente, al final el premio de esa liberación trae consigo el atajo a la felicidad.

sábado, 3 de julio de 2010

Lo que oye uno en la frontera

− Pase por aquí.
− Buenas tardes oficial.
− ¿Cuál es el motivo de su visita?
− Estoy paseando. Vine el fin de semana a San Salvador y voy de regreso a Nicaragua donde vivo actualmente.
− ¿Documentos?
− Aquí están.
− Mmmmmmm. Oiga, pero ¿qué hace un mexicano manejando un auto, tan lejos de su tierra y solo?
− Lo que pasa es que trabajo en una empresa internacional y me mandaron a Managua, para un proyecto de seis meses y ahorita que tuvimos un fin de semana largo aproveché para conocer un poco por acá.
− ¿Y por qué por Honduras no decidió pasear? ¿qué no le gustamos los hondureños?
− No, no es eso. El próximo viaje es a Honduras. Ahorita aproveché el fin de semana largo. Como sea Honduras ya me queda pegadito.
− No entiendo el “ahorita” de los mexicanos, pero no importa. Por favor bájese del vehículo ¿de quién es?
− Es de la empresa para la que trabajo.
− A ver. Muéstreme los documentos del auto, también.
− Aquí tiene.
− Quédese aquí, a un lado. Déjeme ir a hablar con mi superior.
− Está bien.

− Que dice que pase allá a la sombra. En un momento venimos con usted.
− Gracias.
− ¿Necesita algo?
− Nomás mis papeles.
− Están en buenas manos, no se preocupe. Aquí está su pasaporte, su licencia y el registro del auto, no se pierden.
− Gracias.
− Siéntese ahí.
− Gracias.

− Mire, mi superior dice que se tiene que esperar.
− Oiga, es que ya llevo casi una hora aquí.
− Sí, hace calor ¿no es cierto? ¿quiere agua?
− Si tiene.

− Aquí está.
− Gracias. ¿Todavía tardaremos mucho?
− No sé. Tenemos que esperar.

− Disculpe ¿qué hay algún problema?
− No, ninguno.
− Disculpe de nuevo, pero me gustaría saber si está pasando algo o por qué estamos esperando.
− Mire, el jefe dice que pocas veces pasa un mexicano por aquí en auto y que va a aprovechar.

− Oiga, ya pasó otra hora, ¿me podría decir qué estamos esperando o si me pudiera ayudar a entender qué es lo que “el jefe” quiere aprovechar?
− Mire, ya fueron por la guitarra. Como todos los mexicanos se saben las rancheras, el jefe no quiere dejarlo ir sin que le toque algo.

miércoles, 14 de abril de 2010

MALENITA

− Acúsome, padre, que he pecado.
− ¿Hace cuánto que te confesaste, hijita?
− Hace apenas una semana, padre.
− Dime tus pecados.
− Es que yo le quería preguntar, padre, qué es lo que tengo que la última semana he estado pensando mucho en Raúl.
− Bueno, hijita. Pero siempre le has tenido echado el ojo a Raulito, ¿o es otro Raúl?
− No, padre. Es el mismo. Pero fíjese que esta semana ya pensé más en él y no sé qué hacer.
− ¿Por qué, Malenita?
− Es que, padre, esta semana me imaginé que estaba con él y que me besaba.
− Bueno, Malenita, pero eso es normal.
− Mire padre, la verdad es que eran unos besos requete bien apasionados. Había mucha lengua y mucho intercambio de saliva.
− Malena, pero a la mejor estás exagerando.
− No padre, espérese. Mire. Yo me imaginé que lo besaba y la verdad es que me encantó estar pensando en eso y hasta cerré mis ojos a propósito para que mi pensamiento volara.
− Pero Malena, eso no es muy propio de una chica tan decente como tú. Piensa en la educación que te han dado tus padres y las esperanzas que tienen de que te cases de blanco.
− Bueno, padre. Pues por eso me vengo a confesar. Déjeme le cuento.
− A ver, Malena. Sigue.
− Pues mire. Lo que pasa es que empecé a sentir muy bien de pensar que lo besaba y hasta me empezó a dar calor y me quité la ropa.
− Marielena…
− Y luego me siguió dando calor y Raúl me seguía besando y yo a él. Y entonces él también se quitaba la ropa.
− ¡Marielena!
− Déjeme que le diga para poder terminar con toda mi confesión.
− Prosigue.
− Mire. Pues el caso es que terminábamos los dos sin ropa y nos acariciábamos bien suave y nuestra respiración se empezaba a acelerar. Fue muy raro, porque mi cuerpo como que empezó a hormiguear nomás de imaginarme que él me tocaba.
− Ajá.
− Y luego él ya no sólo me besaba en los labios, sino que me besaba en otras partes del cuerpo y yo me empezaba como a retorcer. Entonces yo también lo besaba en otras partes y él también se retorcía.
− María Elena…
− Padre, fueron unos pensamientos muy vívidos y la verdad es que me siento un poco apenada y no sé qué hacer.
− Mira, María Elena. Todo eso que me acabas de contar es un enorme pecado. Tienes que rezarte diez Rosarios y venir los siguientes tres domingos a ayudarme a recoger las limosnas. Te tienes que arrepentir y proponerte no volver a tener esos malos pensamientos.
− Está bien padre.

Todavía en el pasillo de la iglesia, pegada al celular:
− ¿Raúl? Habla Malenita. Oye, antes de que me arrepienta ¿puedes venir a verme hoy en la tarde antes de que lleguen mis papás? Si ya me voy a echar tanta penitencia, por lo menos que valga la pena.

domingo, 7 de marzo de 2010

MI AMIGA ELSA

Escrito en junio 06, al desencubrimiento de Marcial Maciel, y rescatado en marzo 10, a su muerte.

Mi amiga Elsa era una niña de sociedad, de ésas guapototas que los chavos en las fiestas de secundaria se peleaban por sacar a bailar. Mi amiga Elsa se casó con el galanísimo amor de su adolescencia y tuvieron un divino bebé con los ojos más azules que el cielo de invierno.

El marido de Elsa era un hombre exitoso, sobresaliente y seductor y siempre estaba rodeado de mujeres. Una de ellas finalmente lo conquistó, dejando a mi amiga Elsa en posición de madre soltera, pero ella bien luchona salió adelante.

El hermoso bebé creció y entró a la primaria en el Colegio Cumbres, claro que ¿a cuál más?, si era al que debían ir todos los niños bien de las Lomas, mientras que mi amiga Elsa trabajaba en todo lo que podía para que su hijo tuviera la mejor vida digna que ella pudiera otorgarle, sin ayuda de nadie.

Sus empleos siempre fueron de altura, dado el entorno en el que se movía, los conectes que tenía, su nivel de educación, su riqueza cultural, su presencia, su aplomo, su infinidad de recursos, su dotada inteligencia y su arrollador encanto.

En una de ésas, alguien influyente la recomendó con un reconocido y potentado funcionario que requería de clases de cultura para estar a la altura de sus aspiraciones políticas. El doctor Emilio era un señor poderosamente fascinante y después de algunos meses que mi amiga Elsa llevaba trabajando con él de forma cercana, inevitablemente se enamoró de él… y ¿qué hombre puede resistirse a la sublime rendición de una hermosa e inteligente mujer enamorada de él?

La relación floreció, él pasaba con ella cuanto tiempo le era posible. Le compró un super condominio en Tecamachalco, que él visitaba prácticamente todos los días. Mi amiga Elsa siempre lo recibía con suculentos manjares y se le presentaba como una impecable geisha… ella es así.

Este estilo de trabajo y de vida le permitía sostener una muy cercana relación con su hijo, cuidar su casa, estar en forma, mantenerse actualizada para continuar culturizando a su educando y además contar con su buena compañía. Así, transcurrieron varios años.

Por ahí de mediados de 1983, mi amiga Elsa se dio cuenta que algo no estaba bien con su pequeño y empezó a indagar. No tardó mucho en percatarse que la puntita de la hebra que había empezado a desenmarañar tenía un fondo oscuro y sensiblemente dañino para su pequeña pero ordenada familia.

Su agraciadísimo hijo había sido víctima de violación de un prefecto de la escuela y esto ya llevaba un par de años. No sólo eso, su chico era uno de tantos que este tipo había decidido incluir en su lista de amoríos y ni Elsa ni los demás papás tenían un ápice de sospecha. Al enterarse, sintió como astillas de hielo recorriéndola de punta a punta. Estaba enrabiada. La cabeza le daba vueltas y el cuerpo no le respondía.

Dejó que se le bajara la primera reacción y llamó al padre de su hijo, ilusamente esperando una respuesta de preocupación. El tipo se limitó a culparla y desentenderse, como ya lo había hecho los últimos diez años… y ése fue el primero de los cientos de portazos que mi amiga Elsa recibió en las narices.

La siguiente llamada fue a su importante amante, quien ella sabía que con un telefonazo movía todas las montañas. El galán estaba de gira, le dijo que le devolvería la llamada un poco más tarde y mi amiga Elsa jamás volvió a saber palabra alguna del distinguido caballero. Sus trajes y efectos personales se quedaron en el clóset para la beneficencia posterior.

Poco a poco, la alta sociedad en la que se movía mi amiga Elsa le demostró que ya no merecía pertenecer a ella. Había pecado y tenía que pagar el precio. Poco a poco también, las oportunidades se fueron desvaneciendo y mi amiga Elsa paulatinamente perdía todas sus esperanzas.

Una de las miles de llamadas que hizo fue a dar con un vecino-amigo de su infancia, que ahora trabajaba en los medios, y se ofreció a ayudarla. Era el primer periodista, de muchos que había contactado, que accedía a dar seguimiento a su caso.

Al poco tiempo de iniciar sus averiguaciones, este amigo se percató de la magnitud del problema, ya que el tipejo agresor estaba protegido… muy protegido. Sin embargo, sus defensores no pudieron contener el asunto legal y, por evitar un escándalo mayor, decidieron des-proteger al individuo que finalmente fue a dar a la cárcel, donde pagó su culpa no sólo con el encierro, sino como ya sabemos que pagan allá adentro los detractores de menores.

Mi amiga Elsa se echó la bronca ella solita. Ninguno de los papás de los otros niños lastimados la acompañaron en las acusaciones o careos, algunos la tildaron de loca y otros hasta negaron públicamente que aquello había sucedido. Su amigo periodista estuvo con ella hasta donde le fue posible, pero finalmente todos continuaron con su vida, incluso ella.

Mi amiga Elsa perdió su departamento de Tecamachalco, jamás pudo volver a conseguir los empleos que había tenido, se deprimió pues se sintió inútil y al poco rato envejeció, engordó y se encerró.

En la actualidad, mi amiga Elsa sigue siendo esa linda e inteligente persona que conocí. Su hijo se convirtió en un atractivo hombre que ha hecho carrera como comunicador, denunciando abusos. Aún juntos madre e hijo, no han podido llegar a donde ellos pensaban que estarían en el siglo XXI, pues 1983 los dejó marcados y arrasó con sus planes.

Hoy, me da mucho gusto que un poquito de justicia se haya hecho: Marcial Maciel ha sido ligeramente castigado pero altamente expuesto ante la sociedad… un poquito de justicia… aunque mi amiga Elsa se haya acabado.

domingo, 14 de febrero de 2010

STEPHEN KING

Me cogió por sorpresa, me revolcó y me arrastró como toro de lidia embravecido. Así me sentí cuando descubrí mi fascinación por Stephen King, que me absorbió al ojo de su huracán en cuanto entré en contacto con él… como persona. Aclaro que con su obra ya estaba un poco familiarizada pero fue él, cuando me habló desde su primera persona, que me cautivó.

Mira, te explico. Originalmente supe de él por allá por 1977, cuando Carrie se estrena en México y era tan terrorífica que mis papás no me dejaron ir a verla y -literalmente- al fin que ni quería, pues el miedo me da miedo.

Su nombre, pues, lo relacioné con rechazo y ahí se quedó guardadito en un cajón sin volver a hacerle caso hasta que una tarde de amigos, a principios de los 80’s, me llevó al cine a ver a Jack Nicholson dirigido por Kubrick y, sin saber que había sido escrita por King, me la eché de principio a fin, aterrada y embelesada, envuelta en situaciones que me llevaron hasta el fondo de la butaca, escondida detrás de mi suéter que acabó todo mordisqueado… desde entonces no uso suéter y desde entonces integré a El Resplandor a mi lista de películas favoritas.

Saliendo de ahí, fui corriendo a buscar sus libros. Cujo acababa de llegar a las librerías y La Danza de la Muerte (The Stand) llevaba varios años vendiéndose como pan caliente.

Llegué a casa, preparé todo mi tingladito en mi rincón de lectura que tengo siempre -al lado de una ventana y un estéreo- conformado por un acojinadito sillón, un taburete para colgar mis pieses, una buena lámpara y una mesa provista de vino y algo para picar (si lo gorda no es gratis).

Para mi propia sorpresa -y cosa que nunca hago- ambos libros se me quedaron a medias, un poco decepcionada no sé si de él o de mí y llena de ese temor que en más de una ocasión ha sido motivo de burlas de quienes me lo descubren.

Como fan del cine hollywoodense, confieso -favor de no abuchear-, más adelante me topé con películas protagonizadas por algunos de mis actores favoritos, como Kathy Bates, Tom Hanks, Tim Robbins, Morgan Freeman y Anthony Hopkins, entre otros, llevándome a la reconciliación no sólo con él sino con cierto tipo de humanos que al final resultan ser dulces personajes altamente incomprendidos... igual que él.

Para mí ha sido un gran descubrimiento mi gusto por Stephen King. Quizá lo que me ha dejado aún más perpleja es la empatía que me ha despertado a través de peculiares similitudes que nos unen. Sin que sea yo una ferviente seguidora de los horóscopos, Stephen King y yo nacimos bajo el signo de Virgo, que según dicen los que saben rige a personas perfeccionistas, apasionadas, sensibles, caprichosas y solitarias… y ambos lo somos.

También para mi sorpresa, a través de los años que estuve expuesta a entrevistas o ensayos o noticias que me acercaron a él de una forma inesperada, me enteré de que a él le han provocado aprensión muchas de las cosas que me atemorizan a mí también: la penumbra, el misterioso y profundo tiro de una chimenea, la aplastante parte inferior de un coche, los médicos y todo lo que involucre sus instrumentos de exploración y curación, los monstruos que se esconden detrás de la oscuridad, etcétera. Esto me resultó bien paradójico y hasta contradictorio, conociendo el tipo de narraciones que ha caracterizado su obra.

Entonces me metí a indagar más sobre su persona y mi empatía se transformó en simpatía: nuestra vida no es concebible sin música, especialmente el rock de los 60’s y 70’s (de hecho tiene un grupo) y desde que hubo tele en su casa, en blanco y negro por supuesto, además de gustarle la programación pensaba que los anuncios eran “poesía pura”… y yo publicista.

Stephen King tuvo una niñez llena de eventualidades, con transformadores de luz reventados, policías llamados en vano, niñeras despedidas de su empleo una tras otra y alteros y alteros de cómics leídos ávida y fervientemente.

Entre enfermedades y lecturas fue que emergieron sus primeras historias, primero copiadas, más adelante aumentadas y finalmente creadas desde cero, luego de que su madre lo impulsó a dejar de copiar y seguir sus propias ideas. La primera la desarrolló apenas a los seis años, según recuerda, sobre un conejito que manejaba un auto.

Disfrutaba las series televisivas como Un Paso al Más Allá y las historietas de terror que compraba su hermano, lo cual sirvió como fundamento para sus narraciones fantásticas, en un afán por enfrentar el profundo pavor que le causaban, tal como lo hacen los artistas oaxaqueños al crear bestiales alebrijes que ellos mismos pueden desmontar para quitarles lo temible a través del control de sus componentes.

Sin perder el miedo a los monstruos, los médicos y lo sobrenatural, su estilo siguió desarrollándose conforme iba avanzando en edad, hasta que sintió que estaba listo para enviarle un escrito a Alfred Hitchcock, quien le agradeció su original regresándoselo por correo. Esto no lo desanimó. Entonces, ya tenía doce años.

Su siguiente afición fue el cine. Se inició con Disney, hasta que las historias le empezaron a parecer “predecibles y aburridamente saludables”. Y entonces iba al cine a imaginarse diferentes finales o a desordenar las secuencias, igual que lo hizo con los cómics cuando empezó a escribir.

Apenas en la madrugada de su adolescencia ya imaginaba a insólitos seres invadiendo la aldea de los siete enanos y cadáveres radiactivos en plena playa engullendo surfistas y chicas de aspecto dudoso con brasieres de color negro.

De forma oficial, su carrera como escritor se catapulta en medio de penurias económicas. Trabajaba como maestro y eso le alcanzaba para tener un auto descompuesto, una familia cuyos gastos le abrumaban y un teléfono ausente en casa, aun cuando complementaba su labor académica con labores poco enaltecedoras en lavanderías de ropas de hospital, cuyas manchas germinaban a diario en historias repulsivas dentro de su imaginación. Tabitha su esposa, crucial apoyo en su carrera, era mesera en el Dunkin’ Donuts del pueblo.

Una tarde, recibió una llamada de la apodada Tabby -quien jamás se hubiera atrevido a pedir prestado el teléfono al vecino si no se tratara de algo importante- que le cambió la vida. La novela que había sido rescatada de la basura por su mujer, se iba a impresión con portada dura y una ganancia de 400 mil dólares. Él creyó escuchar que eran 40 mil y de todos modos casi se le doblaron las piernas por el impacto. Cuando Carrie se hizo película, los ceros que ya se habían multiplicado, ya eran lo de menos.

En el escrito al que hacía yo referencia al principio, ése en el que me habla casi al oído y que me succionó como si fuera yo la protagonista de una de sus novelas, Mientras Escribo (On Writing), aprendí dos cosas de él: cómo fue que nacieron o de desarrollaron algunas de sus ideas y su punto de vista sobre el oficio de escribir.

King me ha contado, a través de sus letras, que Carrie llegó a su imaginación como producto de la observación de dos chicas despreciadas en la secundaria. Una de ellas había crecido -según él- bajo la sufriente mirada agonizante de un Cristo ensangrentado, lo cual deriva en las consabidas imágenes de muerte salpicadas en su obra.

También me dijo acerca del bache creativo por el que pasó, el que inspiró la inhabilidad para escribir de Jack Torrance en El Resplandor, a pesar de su reclusión, así como de su violenta relación con el alcohol y las drogas de la cual surge Misery, en donde la enfermera representa a la droga y el escritor al esclavo que tiene que obedecer sin conmiseración bajo la amenaza de ser torturado.

Su estado drogoetílico lo llevó a escribir Cujo y a dirigir La Rebelión de las Máquinas, eventos que no recuerda haber vivido, tal era su abstracto y etéreo grado de intoxicación.

Para Stephen King, escribir es una forma de telepatía, en la que él como emisor se comunica a través del tiempo y el espacio con su receptor para transmitirle imágenes y sensaciones por medio de sus palabras. Está convencido de que la mejor forma para hacerlo es platicarlo de forma sencilla, directa y verdadera, para que el lector no tenga que angustiarse por tratar de comprender palabras o enunciados elaborados que lo hagan sentirse ignorante.

Sus fascinantes y enmarañados protagonistas tienen su propia forma de develarse y revelarse ante el espectador, quienes van siendo presentados a cuentagotas, para lo cual su creador es sumamente hábil, dado que le gusta guardar sorpresas de ellos a lo largo de sus intrincadas historias… no al final, sino poco a poco, como cuando vas chiquiteando un bocado o un deleite, para no acabártelo de golpe y prolongar de forma angustiosa su placer.

Algo que me resulta muy interesante es que la gran mayoría de las historias que relata se llevan a cabo en Maine, estado en el que vive actualmente y ha vivido la mayor parte de sus días. Es evidente que prefiere obviarse el paso de familiarizarse con geografías ajenas, para concentrarse en el desarrollo de sus complejos personajes y las situaciones en las que los coloca.

Stephen King ha sido altamente criticado por ser un escritor para las masas, un taquillero absoluto en el amplio significado de la palabra, para bien y para mal. Quizá no sea un escritor sofisticado en un estricto sentido gramatical o lingüístico, como ya lo ha planteado él mismo. Sin embargo, su habilidad de envolver, arrollar y zarandear por medio de sus historias es por supuesto más que innegable. Yo soy prueba fehaciente de tal habilidad.

Autor aplicadamente prolífico, tiene en su haber grandiosas historias sobrenaturales, fantásticas, terroríficas y ficticias, muchas de ellas llevadas a la pantalla por enormes productores y directores de la industria cinematográfica estadounidense. También tiene historias profundamente humanas, que sin ningún empacho confieso que me han conmovido hasta el sollozo. Indudablemente prefiero las segundas. Él escribe de terror como para deshacerse de sus demonios; yo prefiero evitarlos para que no me atrapen.

jueves, 20 de agosto de 2009

BUENOS DÍAS

A lo lejos empezó a escuchar un zumbido, que parecía provenir de la alarma contra incendios del hotel. El sonido se hizo más fuerte y la imagen del hotel se diluyó. Igual que le había pasado infinidad de veces anteriores, la realidad se había metido a su sueño: en esta ocasión soñaba que estaba en Venecia. Pero despertaba en su casa y el zumbido continuaba, haciéndose cada vez más sonoro. Era el timbre de su celular, perdido entre los pliegues de las sábanas. Dejó de sonar antes de encontrarlo.

Se dispuso a volverse a acomodar y empezó a sonar de nuevo “¿qué horas serán? ¿quién chingaos habla de madrugada?”

- Más vale que sea importante – dijo con tono firme a la bocina.
- ¿Claudia?
- Sí ¿quién es?
- Habla Arturo, Claudia.

En penumbras empezó a buscar frases, palabras, sílabas, cualquier sonido que pudiera emitir ante aquella apabullante aparición nocturna.

- Arturo ¿Arturo? (cómo puedo ser tan estúpida –pensó-)
- Sí Claudia. Sería absurdo hacerte la típica pregunta de “¿estabas dormida?” si son las tres de la mañana.
- Sí, las tres (sigo en la pendeja, qué horror. ¿Qué quiere?)
- Perdóname. Es que llevo varios días pensando en ti y ahorita atorado en el aeropuerto de Tijuana, me entró la urgencia de hablarte. De verdad perdóname.
- Está bien, ¿qué haces en Tijuana?

Claudia no estaba interesada en saber qué hacía Arturo en Tijuana. Le preguntó solamente para evitar el tema que ella sabía que nunca podría quitarse de en medio de ambos. Un par de años atrás, Claudia había cancelado su boda con Arturo un día antes del evento, con invitados y regalos encima, y simplemente jamás tuvo el valor de volverle a dar la cara. Esa tarde le había entrado la duda y decidió parar todo para irse con su antiguo novio Leonardo a España que un par de meses antes se había ido suplicándole que se fuera con él. Cuando se le presentó en vivo sin previo aviso, Leonardo le dijo en la puerta de su casa, angustiado y sorprendido, en voz baja “Me hubieras hablado antes, no te puedo recibir. Háblame cuando regreses a México” y le cerró la puerta en las narices.

A su regreso, Arturo no le quiso tomar las llamadas y sólo le mandó decir con un intermediario que algún día se volverían a ver.

- Acabo de cerrar un negocio en San Diego y seguramente tengo que regresar la semana que entra, te quería preguntar si quieres venir conmigo. Estoy con mi socio y él se queda a hacer todos los arreglos ¿te animas?
- ¿Así, en frío?
- Claus, ¿desde cuándo tú y yo planeamos las cosas? Ándale. Por los viejos tiempos. Un par de días acá no te caen mal, se pasan rápido, nos divertimos y platicamos como siempre, nos paseamos un rato y hasta haces tu shopping.

Arturo la conocía demasiado bien. “Shopping” fue como la llave mágica para aceptar la invitación, además de que, pensó, se merecía un rato de calentura. Desde su rompimiento no había tenido más que un par de encuentros fallidos y Arturo era EL hombre que sabía tocar sus botones.

- Está bien. Háblame cuando llegues.
- Llego en la mañana, bueno, al rato, en unas horas. Vámonos a desayunar ¿te late? Así planeamos todo. Te veo en el Manhattan a las 10.
- Buen viaje.

Aventó el celular y pensó que no podría volverse a dormir. Las emociones la tenían secuestrada y no sabía cómo clasificarlas. Y los cuestionamientos se le agolpaban ¿qué le digo cuando lo vea?, ¿qué me va a reclamar?, ¿será un reencuentro?, ¿podremos retomar lo que se rompió?..

Apenas empezó a aclarar la mañana, brincó de la cama. Empezó por bañarse y revisar qué se iba a poner. Se retocó el barniz de las uñas, se cambió de ropa varias veces, se secó el pelo y se lo subió y bajó como diez veces. Estaba sumamente nerviosa y la ansiedad la comía. Ya estaba lista cuando apenas eran las 8:22 ¿qué podía hacer durante hora y media? Trató de leer pero no se podía concentrar. Salió a caminar, pero empezó a sudar y de inmediato se regresó a su casa a cambiarse otra vez y refrescarse.

Finalmente dieron las 9:45. El Manhattan le quedaba a unas cuantas cuadras y emprendió camino. El estómago le revoloteaba. Las manos le sudaban, las rodillas le temblaban y la respiración se le entrecortaba. Llegó y Arturo ya estaba ahí, con una azucena.

El encuentro inicial fue sumamente emotivo, prácticamente sin palabras. Simplemente se abrazaron en un largo y estrecho envolvimiento mutuo. Se sentaron a hablar y difícilmente comieron algo. Parecía que se habían dejado de ver ayer. Hablaron y hablaron, como siempre lo hacían, de todo y de nada. Ninguno tocó el tema de la boda cancelada.

Las horas pasaron sin darse cuenta. Caminaron por Reforma, se metieron a tiendas y establecimientos, comieron lo que se iban encontrando y siguieron sin rumbo fijo hasta que el sol se empezó a esconder detrás del Castillo de Chapultepec.

Claudia se sentía halagada de todo lo que Arturo le reconocía, tanto por su belleza como por su inteligencia. Arturo sabía cómo bajarle las defensas hasta que cayó rendida por convicción. Lo invitó a continuar la plática en su casa y él aceptó gustoso. En cuanto la puerta estuvo abierta, cada uno se abalanzó hacia el otro. La energía había ido creciendo durante la tarde y el choque sexual era inevitable.

Prácticamente no durmieron. Medio hablaban, medio bebían, medio comían… toda su energía era para amarse una y otra y otra vez. Finalmente sucumbieron al agotamiento y entrelazados se quedaron profundamente dormidos cuando ya casi amanecía.

Cuando Claudia despertó, Arturo ya no estaba en la cama. Ya estaba arreglando sus cosas alistándose para irse. Se acercó a besarlo y él se apartó. No le dirigió ni siquiera la mirada y secamente le dijo “ái nos vemos”. Ella se quedó paralizada, sin entender nada. No sabía qué decir ni sabía cómo decirle que no sabía qué decir.

Él se colgó la maleta de mano al hombro y se dirigió a la puerta. Sin entender nada y con la tensión evidente flotando en el ambiente, Claudia por fin preguntó:

- ¿Pasó algo? ¿Qué tienes?
- Nada, ya me voy.
- Bueno pero ¿así nomás?
- Sí, así.
- ¿Me hablas, te hablo o cómo le hacemos? ¿Vamos a ir a San Diego o qué?
- Yo ya no tengo nada que hablar contigo. Nos vemos en otra vida.
- Pero, ¿qué pasó?
- ¿Qué pasó? Que hace exactamente 22 meses y 12 días me partiste todita la madre y vine a hacer justicia.
- Pero ¿qué? ¿Planeaste venir a cogerme e irte? Bonita justicia.
- No mi Claus. Vine a dejarte esto.

Arturo le extendió un sobre con una nota "Despídete de tu pinche vida. Nos vemos en la otra". Anexo, el resultado de una prueba postiva de Sida que diagnosticaba a Arturo cuatro meses atrás.

Mientras Claudia estupefacta digería las palabras, Arturo salía del departamento, rematando su “chaíto” con un azotón de la puerta, detrás de él.

FINAL DE NOVELA

Lo irónico es que creyó que lo esperaba. Su alma se había quedado plasmada en cada tecla y todo mundo había quedado impactado con el escrito. Empezó como un cuentito, un cuentito que significaba exponer los pasajes más duros de su vida. Pero después creció hacia atrás y hacia delante y poco a poco se armó una gran novela, “gran” por el tamaño, porque conforme pasó el tiempo se sumaban hojas y hojas. Sin embargo, más adelante se pudo percatar que era “gran” porque la historia era compleja y completa, porque su estilo de narrarlo resultaba envolvente y arrollador. Porque fue capaz de sacarle lágrimas a quien leyó el borrador, de la misma forma que le salían carcajadas y expresiones de admiración y de horror.

Era la historia de su vida. Ése triste y amargo recorrido que había escondido detrás de una máscara de sarcasmo, buen humor y cinismo, porque enfrentarlo le resultaba entre espeluznante y desgarrador. Así de retorcida y compleja resultó la novela. Pasajes de maltratos y abusos, capítulos oscuros de depresiones y suicidios, Interpol y escondites. Claro que, intercalados, tenía remansos de amores y desengaños, de apasionados encuentros y tórridos romances, de llantos y carcajadas, de borracheras y viajes, de bailoteos y apasionados amantes. Sí, parecía una novela, con todos sus ingredientes, tanto que hasta casi podría haber sido argumento de telenovela barata de Televisa, si no hubiera sido por el magistral tratamiento que le dio, pero al fin y al cabo era una historia verdadera de cabo a rabo, vivenciada por ella en toda su intensidad y magnitud.

Cuando el editor la leyó, se quedó impávido. No le importaba si se daba cuenta que se trataba de ella. “Tan normalita que se veía” pensó más en forma de sorpresa que de juicio.

Layla ya llevaba algún tiempo escribiendo ensayos para el periódico que Andrés Singer comandaba. Le gustaba mucho su trabajo y siempre le insistía en querer sacar más de lo publicado, que se reducía a su opinión editorial, sin jamás revelar un ápice de su vida personal. En alguna fiesta de fin de año, la había instado a escribirle un libro de cuentos y le dijo “primero mi novela, luego los cuentos”, sin saber que Layla ya llevaba un tiempo escribiéndola. No le dijo nada, pensó en darle la sorpresa al concluirla.

Cuando la terminó, pasó casualmente por la oficina de Andrés a saludarlo y, después de intercambiar algunas novedades de la empresa y de su gremio, le pidió que leyera el texto que le había grabado en un USB que colocó discretamente en la palma de su mano, al despedirse, como cuando se desliza un billete oculto para evitar exponerse. Sin darle más importancia ni expresar expectativa alguna, siguió con su vida durante una semana.

Exactamente al séptimo día, Layla estaba en medio del tráfico, atorada por una de esas tantas manifestaciones que obstruyen el paso en la majestuosa Reforma, cuando su celular sonó. Sin importarle si alguna autoridad la veía hablando con el auto en circulación (“si ni me estoy moviendo” pensó) tomó sin dudarlo la llamada de Andrés, a quien atendía así estuviera en la tina. Los gritos de entusiasmo y una mala comunicación no le permitían captar lo que él le decía de la novela. Medio alcanzó a entrever que era fenomenal y algo de que habría que registrarla y promoverla.

Sin terminar de entender bien, le pidió a Andrés que la relevara en todos los trámites y la representara legalmente en los procedimientos. Layla estaba a punto de iniciar un estudio antropológico que la llevaría a viajar los siguientes seis meses por varios países, además de algunos asuntos personales que atender, qué raro, que podían bien haber encajado en un capítulo más de su intensa historia, cuyo final se había enfocado a haber sorteado exitosamente las más recientes desavenencias, que la habían dejado exhausta pero independiente, realizada y radiante.

Pasaron los meses y ella se desentendió del proceso. Una mañana, casi amaneciendo, así de la nada y sin preámbulos, la llamó.
- Layla: ¿estás sentada?
- Andresito querido, estoy dormida.
- Bueno, despierta. Necesito toda tu atención.
- ¿De qué…?
- De tu novela.
- ¿Qué pasó?
- Ha sido premiada.
- ¿A qué concurso la metiste o qué? ¿Algún burócrata de Conaculta cree que escribo bien?
- Mi reina: te han asignado el Premio Internacional de Novela Latinoamericana. Casi no me aguanto de darte la sorpresa. Conforme me iba enterando te quería decir, pero ya. Ya está. Con eso de que me pediste que te relevara, no quería decirte nada hasta tenerlo en la mano. En tres semanas empieza la distribución regional, la traducción al inglés y al francés está en proceso y tenemos que empezar con un ciclo de conferencias de prensa, empezando en el Four Seasons de México la semana que entra y luego en Buenos Aires, la que sigue Ve empacando porque salim…

No alcanzó a escuchar más nada. Su visión se desvaneció hasta las más profundas penumbras, igual que su mente. Hoy recuerda todo, aunque siga en negros, enchufada a un aparato que hace ruido y que le ayuda a respirar. El impacto le provocó una embolia, según alcanzó a entender, y está en un coma del que quizá no salga pero al que nadie quiere dar término. Qué triste, piensa a diario, que el final de su novela no era, como escribió, haber alcanzado su plenitud. Este capítulo, el peor de sus más profundos temores, es el final que se quedó fuera de ella.

sábado, 18 de julio de 2009

SOY MANZANA

He sido etiquetada como la mala de la película desde el inicio de la historia, reconocida como la fruta prohibida. Y me resultaba doloroso, pues creía que la opinión de los etiquetadores era la más valiosa e irrefutable que podía existir.

Como compré ese rol, durante toda mi vida hice hasta lo imposible por ejercerlo a la perfección y en mi tanto rodar caí en manos de alguien que me mordió.

Y ese mordedor se deleitó con mi sabor y se sintió pecador. Pero siguió saboreándome. Le encantó mi porosidad y mi jugosidad, y también mi carnosidad. Se sintió seducido por mi cáscara y mis semillas y todo aquello que los etiquetadores habían descalificado, incluso mi duro corazón.

Hoy, ese pecaminoso mordedor disfruta de mí a diario. Le fascina hincar sus dientes en mi redondez y mi aspecto saludable. Le gusto rayada, roja o amarilla. Simplemente le gusto, así, a secas, sin juicios y sin deshonras sociales.

Hoy, ya hasta me olvidé de los etiquetadores. Soy indecentemente feliz de ser una manzana mordida y tentadora.

ELE LADINA

Lengua lujuriosa, lascivia latente. Lenguaje legible. Laberinto lento: lesiona, ladra, levanta. Labiodental, loca, leonina, laboriosa, lesiva, lépera. Letal levita, lame, letifica. Labra leyenda, luce letrada. Logra lacerar, llagar, lustrar. Luego, letargo.

sábado, 4 de julio de 2009

EL DINOSAURIO DE MONTERROSO

Ambos habían tenido una vida muy intensa, tanto social como emocionalmente. Se habían conocido en uno de tantos eventos y se puede decir que fue amor a primera vista.

Él era un reconocido empresario de la tecnología de los que siempre aparecen en el top ten de los listados de los ejecutivos más exitosos, mientras que ella era una fotógrafa prestigiada de las que exponen su mejor trabajo en algún museo de moda.

Ninguno de los dos acudía del todo contento a la inauguración del centro comercial. Pero él tenía que estar porque su empresa era la que se había encargado de toda la instalación tecnológica y se le había concedido el gran honor de cortar el moño, junto con otras diez personalidades del ámbito empresarial y político. Ella tenía en el lobby principal algunos trabajos expuestos y su ausencia sería francamente evidente. Ambos habían decidido escaparse en cuanto nadie los viera “como que voy al baño y me voy”.

Así lo hicieron, ya hartos no sólo de ese sino de todos esos acontecimientos de relaciones públicas llenos de oquedad y platiquita de moda y su encuentro inevitable se dio al pedir su coche al valet parking. Los dos esperaban y se veían por el rabillo del ojo un poco intimidados mutuamente por su senda fuerte personalidad. Al arribo de los vehículos, el encargado hizo entrega invertida de las llaves y ninguno de ambos se dio cuenta por estar tan alertas el uno del otro, sin saber que eso les daría pie a su inminente encuentro.

Ya en el asiento del conductor, ella fue la primera en percatarse y lo miró por el espejo retrovisor, por el cual se dio cuenta que él en ese momento veía el llavero con extrañeza. Ambos bajaron de su respectivo auto y él aprovechó para iniciar su primer acercamiento.

La noche se alargó y se convirtió en días, los días en semanas y las semanas en meses. No había transcurrido un día sin que estuvieran juntos, él ya se había instalado en el departamento de ella y ya hablaban del futuro que les esperaba juntos, llenos de triunfos personales y profesionales, con una familia creciente y una casita al poniente de la ciudad a la que ella ya le había echado el ojo.

La boda fue simple, ambos ya eran divorciados y no tenía caso organizar una fiestita de las que los dos ya sabían que estaban hartos. Unos cuantos familiares, sus amigos más cercanos y un juez, porque alguien tenía que oficializar la unión.

Como suele suceder en muchas relaciones, la vida de casados empezó a interferir en el matrimonio. Un poco las presiones de “¿y cuándo van a tener hijos?” por parte de las dos suegras, pero más que nada la poca convivencia que sus importantes carreras les permitían tener juntos, sin darse cuenta -quizá- que a veces esos espacios personales son los que permiten que las relaciones evolucionen.

Y un día estalló el reclamo. Más allá de las ausencias y las largas jornadas, el reclamo era por sus respectivas carreras, no por lo que absorbían sino por envidias de reconocimiento. La competencia se convirtió en su peor enemigo.

Y todos los días, todos los días, sin falta, sin impuntualidades, sin demoras, los intentos de descalificación individual y pública se hacían presentes y sin darse cuenta, además, crecían y crecían. La autoestima de ambos se deterioraba, las ganas de estar juntos, que inicialmente eran incontenibles, hoy eran apenas una sombra, y el dinosaurio de la distancia crecía y crecía.

Al cabo de un breve lapso, la Guerra de los Roses era un simple bosquejo de lo que se desató entre ellos. Libros, lámparas, macetas… todo lo que se encontraban a la mano era lanzado al aire en un intento fallido de descalabrarse mutuamente. La casita al poniente de la ciudad era un infierno cuyo interior se desmoronaba no sólo en su integridad sino en su decoración. Ya no podían venir invitados, ya no daban ganas de llegar después de largas jornadas ni la cocina tenía vestigios de alimento alguno. Pero el fantasma de la indiferencia se resistía a llegar… o quizá era el de la determinación, el caso es que ninguno de los dos quería dar el primer paso.

Finalmente, después de una intensa terapia etílica propinada por sus dos amigos más cercanos, él se armó de valor y llegó a casa a transmitirle a ella sus deseos de terminar con todo. Ella enfureció, se entristeció y se volvió loca, más que por él y por el inaplazable divorcio, era una apabullante nostalgia por lo no vivido, por las ilusiones forjadas, por los castillos en el aire construidos conjuntamente y que se le desvanecían ante sus ojos. El dinosaurio hacía sus estragos.

Sin decir nada, se dio la media vuelta y se encerró en su recámara, que ya desde hace tiempo era suya de ella nada más. Él se quedó en la sala sin saber qué hacer, sin ganas de seguir la fiesta o de ver la tele o de meterse a la tina. Sin ganas de golpearle la puerta, de insultarla una y mil veces más o de aventarle el último florero que quedaba vivo. Sin ganas.

De repente, ella apareció con su atuendito de Victoria’s Secret, ese que él había traído en uno de sus tantos viajes sin ella, y sin decir palabra, sus miradas se cruzaron y se engancharon. Sin saber quién se le echó encima a quién, tuvieron el encuentro íntimo más potente y más intenso que habían tenido desde aquella noche de confusión de llaves. Los dos gimieron, sudaron y gritaron hasta que no quedó ni un ápice de energía en sus cuerpos, derrotados ante la grandeza de su encuentro.

Como suele suceder, él se quedó dormido primero, ella enseguida, no sin dejar de pensar en que quizá había algo que rescatar y que con la llegada del nuevo día podría llegar una nueva esperanza.

Los primeros rayos del sol penetraron por la ventana, él seguía inerte mientras ella iniciaba su regreso del país de los sueños. Finalmente se dio cuenta que, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí.

TCHAIKOVSKI ME DUELE

Siento como si estuviera siendo observada, quizá perseguida. Estoy a la mitad de una pradera, con un cuchillo de cocina que no sé por qué traigo en la mano. Salí a caminar sin rumbo, siento una opresión en el pecho y una punzada que me taladra en la parte trasera de la cabeza.

Quizá son mis propios sentimientos pero tengo necesidad de correr despavorida, sin importarme si me tropiezo con el largo vestido vaporoso que traigo. El pasto está húmedo y poco a poco mis pies empiezan a acumular lodo. Es sucio pero es agradable. Es fresco.

Hay una brisa húmeda que corre por mi rostro, que se mezcla con mis lágrimas. Siento una desolación inenarrable, quizá por la soledad de mi alma o por el agotamiento de tanto agobio. Ya no quiero seguir, quiero rendirme, quisiera volar, pero hay algo que me detiene en el suelo. Es tanto el lodo que la velocidad se ha ido aminorando, hasta que llego a la orilla de un arroyuelo donde me trato de lavar los pies.

Percibo la presencia de un venado, que me mira fijamente. Sus ojos me cautivan, tienen una profundidad que no puedo describir, porque si le pongo calificativos quizá me absorba en ella y desaparezca. El venado parpadea y se va, como dando pequeños saltos. Necesito perseguirlo e inevitablemente salto igual que él. Me lleva por un bosque que huele a mojado y a madera musgosa, como cuando era pequeña y me perdía en el jardín de mis padres, huyendo de la soledad de estar acompañada. Hoy estoy igual, huyendo de la soledad de estar aburrida.

El venado desaparece y me quedo a sola con mis temores. Quiero saber si voy a poder seguir, he hecho lo mejor que puedo y siento que no es suficiente, pero tampoco sé qué más puedo hacer. Me cuestiono y sigo llorando, me siento desamparada, abatida y colmada por el olor de la naturaleza que acentúa lo amargo de mis lágrimas.

La desesperación me hace no querer continuar conmigo, me quiero dejar atrás y dejarme sola y le echo la culpa al venado por haberme abandonado. En mi consternación lo busco, quiero que me resuelva todos mis problemas. Quiero que se haga responsable de lo que me pasa, quiero que sea el culpable de mi derrota, de todo mi intolerable agobio.

De repente, mis ojos vuelven a toparse con los suyos, aunque ya está lejos fuera de mi alcance, al otro lado de una gran hendidura. Todavía busco una forma para poderlo alcanzar, pero simplemente no la hay. Vuelvo a tratar de encontrarme con su mirada, pero ya no está. Venado junto con mirada han desaparecido, dejándome con mis sentimientos aplastantes y mi propio fastidio. Qué bueno. De haberlo tenido ante mí, quizá lo hubiera matado, a ver si con él, se iba mi penar.

Empiezo a caminar nuevamente sin rumbo y me doy cuenta que el cuchillo ha desaparecido de mis manos. Lentamente, el paisaje empieza a desvanecerse ante mis ojos, poco a poco el aroma boscoso es sustituido intensamente por el de un café goteando. Estoy en mi cama, sudando, angustiada… y mis pies siguen llenos de lodo.

miércoles, 24 de junio de 2009

ANILLO

Desde que la conocí me lo advirtió “casarme no está en mis planes”. A mí eso me cayó como anillo al dedo, literalmente: ¿quién no quiere salir con una chava que no quiere compromiso?

Era una mujer guapetona, más bien liberal, lo cual me friqueaba un poco. Ya sabes, toda mi familia super conservadora, siempre vamos a misa los domingos, nadie se ríe escandalosamente ni tiene ademanes ostentosos.

Entonces su advertencia de no casarse hasta me pareció fuera de lugar. ¿Qué de verdad le había pasado por la cabeza que tenía alguna posibilidad de ser mi esposa?

Anduvimos un rato, medio que de free y medio que de amigos con derechos. La verdad es que me divertía mucho, porque es bastante chistosa, pero me intrigaba mucho era lo opuesto que era a mí. Todo lo que decía era diferente a lo que a mí se me ocurría, su línea de pensamiento era francamente sorpresiva y nunca dejaba de reírse ni de decir palabrotas.

Lo que más me sacudía era su forma de arreglarse, toda descuidada, tipo pandro alternativo, sin embargo siempre se veía super bien y no había un güey en la calle que no se le quedara viendo. Y como venía siempre colgada de mi brazo, yo me pavoneaba gustoso, mirándolos a los ojos como diciéndoles “sí, yo soy el que se la está comiendo ¿y qué?”

Los pelos parados de un negro azabache combinan fluidamente con los dos pequeños tatuajes que se hizo. Me llamaba la atención que no son nada grotescos, sino que son como un toque infantil a su bella figura de mujer. Cuando me dijo que los tenía, mientras estábamos comiendo y a punto de irnos a mi depa por primera vez, hasta me costó trabajo tragar. No me podía imaginar besar el cuerpo de una mujer que me recordara a un marino o a un presidiario.

A veces se maquilla mucho, a veces sale de cara lavada, nunca sabía yo con qué me iba a encontrar cuando pasaba por ella. Lo chistoso es que su actitud y su vestimenta iban de la mano con el mood del maquillaje: si venía de darketta, era toda salvaje, pero si venía de rosita, era toda princesa.

Pasaban los meses y la iba frecuentando cada vez más. De repente ya no me imaginaba un fin de semana sin ella, o una ida al cine, o una sentada en el Starbucks comiéndonos a cuanto cristiano se atraviesa por el camino.

Cargaba con su Mac a todas partes y siempre me enseñaba cosas nuevas. De repente me sorprendía con diseños locos e innovadores o de repente me salía con una poesía toda cursi y enmielada. Me llevaba a ver un tipo de cine que en mi vida había visto y me prestaba libros viejos que compraba en Donceles mientras yo trabajaba. Sin ningún empacho se iba en metro enchufada a su MP3 y masticando un chicle a todo lo que tronaba.

Y siempre me insistía “casarme no está en mis planes”... como si tuviera chance.

Siguieron pasando los meses y yo me decía que me la pasaba muy bien con ella. Éramos muy compatibles en la forma de divertirnos y en la forma de amarnos. Siempre pudimos negociar nuestras diferencias y era muy fácilmente adaptable.

Cuando me di cuenta, ya llevábamos un año saliendo. Pasó el tiempo de forma imperceptible. De la misma manera, llegó la fiesta familiar: mis papás cumplían años de casados y esperaban que fuera acompañado. Ni por un momento se me ocurrió ir con alguien más. Ella tenía que ir conmigo y supe que habíamos llegado al momento crucial de presentarla con mi familia. Primero no dormí pero luego pensé que no podía lastimarla no invitándola. Total, si no les caía bien, ni me iba a casar con ella.

Pasé por ella y me dejó con la boca abierta. Se fue al salón toda la mañana y se puso un vestidito muy femenino que me contó que había comprado en el Palacio. Parecía una hijita de familia normalita, de ésas que sí le llevas a presentar a tus papás. Peor aún, durante toda la fiesta fue el centro de halagos y reconocimientos y no porque estuviera en pose, sino porque le salió lo leidy y lo maternal como una más de sus facetas.

Finalmente me di cuenta que quería pasar el resto de mi vida con ella y que quería que el resto de mi vida empezara ya. Seguro de que me rechazaría si le proponía matrimonio, decidí invitarla a ser amantes eternos, compañeros, cómplices y hasta padres, comprometidos en una vida en común. Eso, comprometidos. Y entonces se me ocurrió que le daría un anillo de compromiso que simbolizara ese estado.

Escogí el más padre, el más loco, el más innovador y el más discreto, todo lo que ella es. Lo guardé en mi saco y me fui a casa, donde ella me esperaba para ir a cenar. Me recibió amorosa, como siempre, y yo sudando entre nervio y emoción. Le pedí que me diera diez minutos para refrescarme y me metí a la ducha.

Al salir, con la toalla enrollada en la cintura, vi la puerta abierta y que ella no estaba. No entendí, hasta que fui a la recámara y me percaté que al aventar el saco en la cama, el estuche con el anillo se salió y ella lo vio. Sólo dejó una nota escrita sobre el espejo con su típico lápiz para ojos negro “te lo dije”.

Así de repentino como llegó, se fue. Nunca la pude volver a encontrar, como si el diamante la hubiera convertido en carbón y se hubiera enterrado en la tierra.